Un deseo y un recuerdo

Puesta de sol en la Dune de Pilat
La puesta de sol en la cresta de la Dune du Pilat es un gran espectáculo natural

Hay momentos especiales para hacer coincidir un deseo y un recuerdo

 

Hace muy pocos días tuve la oportunidad de ver la puesta de sol sobre el horizonte del océano Atlántico desde un lugar singular, la inmensa Dune du Pilat.

Se trata de una de las dunas más alta de Europa y un fenómeno natural de esos que impresionan.

La razón por la que escribo estas palabras no tiene que ver con la naturaleza y el presumir de vacaciones sino con la experiencia que viví en el increíble lugar.

Recientemente había fallecido mi padre y mi vida se llenaba de preguntas sin respuestas sólidas. La existencia se vuelve relativa cuando pierdes el Norte y debes pensar en cómo será navegar sin brújula ni vientos favorables.

El sol bajó poco a poco sobre la línea del horizonte de un mar que se mostraba más azul cuanto éste más se ocultaba. Los tonos también azulados del cielo se disolvían sobre una franja marrón con un matiz anaranjado que daban un contraste sobre la línea del mar. Esta visión debía ser disfrutada con los ojos del alma y no con el de la cámara fotográfica. Y así lo hice.

En ese momento tuve un pensamiento para mis recuerdos. Mi padre estaba presente en ellos y quise conversar con él. Le pregunté qué deseo podría pedir cuando el sol se ocultara totalmente y espontáneamente me vino uno a la cabeza que repetí sin parar hasta el final del ocaso solar: “Deseo tener una larga vida con salud y plenitud”.

Creo que mi padre me habló, sinceramente, y me dijo qué es lo mejor que puede desear una persona a lo largo de la vida. Por ello ése fue el que pedí para mí en el momento en que el sol quedó resumido en un guión de color naranja resplandeciente en la línea del horizonte.

Uno sabe que los deseos no siempre se cumplen y que la vida está llena de sorpresas de todo tipo, pero tener conciencia de que dediqué ese impresionante momento a pensar en mi padre y que ello me permitió pedir un deseo sencillo pero inspirador me reconfortó.

No estaba solo en la cresta de la duna, había muchas personas…niños y niñas, padres y madres, personas de edad avanzada, jóvenes radiantes de vitalidad… humanidad. Todas las almas que allí estaban sabían que, con el último destello del sol, algo único iba a cambiar en sus vidas…Por eso se escucharon aplausos y gritos en la conclusión de ese espectáculo natural.

Mientras la gente se empezaba a marchar, lanzándose  a la carrera por la cara más vertical de la duna hacía el bosque donde estaba el camping el que tenía mi base, pensé que a este deseo le faltaba algo. Ver a toda una horda desordenada de personas rodando o caminando con dificultad sobre la fina arena para llegar a su lugar de cobijo y seguridad me hizo comprender algo importante: No debo ser egoísta en un momento en el que la naturaleza me enseña que mi insignificante razón de ser es en realidad un gran regalo y por tanto que este deseo debe ser también compartido. Por ello os hago llegar estas palabras a la vez que os deseo una larga vida con salud y plenitud.

Dedicado a mi padre, Bernardo Hernández Madejón, fallecido a los 86 años el 18-08-2016