Un breve consejo para comenzar con buen pie
Etiqueta: humor
Otra extraña historia de amor
Él, una masa de espaguetis, vivió un enamoramiento que marcaría su breve vida de forma definitiva. La suya es una historia de amor corta pero intensa y por eso merece la pena que se sepa.
Ella, la albóndiga oronda, estaba allí, sola en el plato y él llegó desde no se sabe dónde en un cucharón escurridor de esos que impresionan por su diseño. Descendió y ambos coincidieron sin mirarse extrañados por tanta soledad a su alrededor. No se esperaba a nadie más en el plato.
La albóndiga, acomplejada, escondía sus pensamientos. Veía el montón de espaguetis y pensaba que no sería mala idea acercarse y hacerse notar. Él, que tenía un lío con todo el asunto que se le avecinaba, la miró y se dijo: “redondita sí que es, pero tiene algo que, no sé, me gusta”. Y, poco a poco, fue descubriendo cosas en ella que le encandilaban, como ese ligero olor a ajo. ¿Será la carne lo que le gusta a éste?, se preguntó ella.
Él, montón de espaguetis, decidió conocerla para enamorarla y no se le ocurrió nada mejor que presentar su mejor virtud: su flexibilidad atlética con la que consiguió transformarse en una pasta contundente. Con esa textura decidió abrazarla, sin más, rodeándola por todas sus partes hasta cubrirla en un manto de seguridad. Ella se sintió agasajada a la vez que protegida y, en poco tiempo, aquella relación dio, naturalmente, sus frutos: unos raviolis rellenos de carne preciosos.
Así, cada vez que comemos unos raviolis estamos recordando esa bonita historia de amor….
Y para Sant Jordi, no seamos rácanos y seamos más originales regalándonos una cena de raviolis en lugar de la rosa y el libro como cada año.
Fenómenos inexplicables
Era mediodía, hacía calor y caminaba con prisas pensando en mis cosas.
Le vi sentado al lado del árbol, acabando de zamparse un yogur, aunque no me fijé ni le presté atención alguna. Era un varón, de complexión fuerte, con una camisa blanca con trazos de cuadros y tejanos, moreno… Poco más.
Cuando tienes prisas no reparas en nada más. Proseguí mi camino y una extraña sensación alertó a algunos de mis sentidos. Un silbido breve que culmino en un chasquido, una extraña sensación de intenso calor en la piel durante milésimas de segundo, un olor a ceniza que se distinguía fácilmente en el aire… Todo ello me hizo volver la cabeza y buscar a aquella persona.
Pero mi mirada escrutadora no localizó al personaje que apenas unos segundos antes había pasado desapercibido ante mis ojos, pero que había dejado escasos rastros de su presencia.
Ante tal extraño fenómeno comencé a buscar referencias, pistas, señales para dar crédito al recuerdo anterior de esa imagen de un ser humano y mantenerla viva en mi memoria.
No sé que pudo pasar.
No debo dejar de buscar una explicación.
Esa persona puede desaparecer del todo si la olvido.
Fue alguien y ahora, sin embargo, un recuerdo.
Pero, si dudo de mi memoria, ya no será nada.
¿Qué está pasando?
Historia de la ensaladilla rusa
Una vez más, la fantasía unida a la literatura puede elevar a categoría de verdad absoluta una mentira. De hecho, está demoníaca combinación, tan recurrida por la historia al servicio de la política servil a los poderes fácticos, pronto nos dará catedráticos en cocina y masters de cocinillas con rango de segundo ciclo universitario.
Por eso declaro que la ensaladilla rusa se inventó en un pueblo de la costa malagueña cuando María Flores, más conocida como la «rusa» por sus rubios cabellos, en contraste con los cánones de belleza femeninos de la mujer española tan exaltados por Julio Romero de Torres y una famosa canción popular.
La muchacha tenía ciertas habilidades para trocear, que no cortar, todo lo que se le ponía delante. Tanto que a la hora de cocinar elaboraba dados de ángulos perfectos con patatas, judías, zanahorias y todo lo que pillaba. Un día decidió añadir guisantes para que nadie hiciera bromas con sus ensaladas cubistas de las que se hizo popular con el chascarrillo de que «las ensaladillas de la rusa son cuadradas como su cabeza».
Todo esto ocurrió en una época en la que un flamante ministro de turismo de origen gallego lo controlaba todo para dar una apertura un régimen fascista que iniciaba su declive superado por las nuevas consignas democráticas impulsadas por los EE.UU.
Así, el todopoderoso ministro supo del chascarrillo y quiso crear una fórmula culinaria que compitiera con la paella para que diera una alternativa vegetariana a los exigentes turistas nórdicos que veían en la paella una imagen de lo que ellos denominaban salvajada taurina.
La habilidad del ministro llegó al punto de que señaló que debía añadirse un poco mahonesa a la ensaladilla con patatas, por aquello de fomentar el turismo balear y atraer gentes desde de Alemania.
Mas allá de sus funciones en el Ministerio de Turismo, el ingenioso político demostró sus habilidades como embajador capaz de tender puentes hasta con el infierno, denominando el plato como «ensaladilla rusa», dándole categoría internacional para establecer lazos de amistad con el eje comunista para que España fuera lugar de intercambio de espías, jugoso negocio incipiente que generó toda un industria durante la guerra fría cuyo máximo exponente fue James Bond.
Así, la extensión de la ensaladilla rusa fue por decreto, según reza la Orden ministerial que dice «la ensaladilla rusa se incluirá en los menús de todos los restaurantes, hoteles, bares, tugurios y lugares donde puedan difundirse los valores de la raza española y del espíritu nacional que nos funde en una unidad de destino en lo universal». De María Flores «la rusa» nada más se supo, salvo de una referencia en «El Caso» en la que detallaba su fallecimiento por salmonelosis y un sobreempacho caníbal al zamparse a su marido, que la pegaba todos los días, troceado en cubos perfectos de un centímetro cúbico.
Evidentemente, con la llegada de la democracia y las reformas de los planes educativos de las hordas socialistas, comunistas y nacionalistas-separatistas, esta historia se ha transformado, para obviar la verdad, en la fantasía del infame cocinero Olivier, que no se sostiene pero que permite al Reino de España mantener buenas relaciones con el caudillo Putin, neozar de todas las Rusias
Fue así, digo.
El día más feliz
Esto no me pasó a mí, pero sí a un amigo…
Carlitos.
Fue el día más feliz de su vida.
En Pamplona, una mañana calurosa que adelantaba un día embriagador de aromas y alcohol barato.
Eran las 8 y tres minutos. Calle de la Estafeta. Él, todo de blanco y con su pañuelito rojo anudado con gracia y estilo, corría hacia donde todos. Gente delante, gente detrás, una estampida animal, toros, mansos y gentío.
El que estaba en frente cayó al suelo y Carlitos tropezó. Detrás de el unos fornidos neozelandeses seguidos de dos norteamericanos algo bebidos y toda una peña de corredores veteranos empujando.
Todos cayeron encima de Carlitos y entre la asfixia provocada por el peso y el calor que reinaba, notó un pinchazo. Algo se le introdujo justo entre las nalgas.
-Ya está, me pilló el toro, pensó.
Me contó que le dolió, pero que pudo levantarse y que no hizo falta ir a urgencias, que sólo tuvo que pedir que le hicieran un remiendo en el pantalón.
Y siguió la fiesta.
Pese a que los toros hacía un minuto que ya habían pasado, ese momento cambió su vida y fue el inicio de su felicidad.
El amalgama humano tardó unos cinco minutos en deshacerse, cosa que al principio alarmó a mozos, agentes de la guardia urbana, equipos de urgencias y tres turistas japoneses haciendo fotos. Pero se fueron levantando ordenadamente y sin caras de dolor.
En fin.
Creo que aún se cartea con los neozelandeses y éstos, a su vez, con los norteamericanos.
Lo de la peña de corredores veteranos tienen un lema: «Damos más que los toros» y dicen que están hermanados con la asociación «Chicos de la granja amigos de los Sanfermines» de Virginia (U.S.A.)
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