Una vez más, la fantasía unida a la literatura puede elevar a categoría de verdad absoluta una mentira. De hecho, está demoníaca combinación, tan recurrida por la historia al servicio de la política servil a los poderes fácticos, pronto nos dará catedráticos en cocina y masters de cocinillas con rango de segundo ciclo universitario.
Por eso declaro que la ensaladilla rusa se inventó en un pueblo de la costa malagueña cuando María Flores, más conocida como la «rusa» por sus rubios cabellos, en contraste con los cánones de belleza femeninos de la mujer española tan exaltados por Julio Romero de Torres y una famosa canción popular.
La muchacha tenía ciertas habilidades para trocear, que no cortar, todo lo que se le ponía delante. Tanto que a la hora de cocinar elaboraba dados de ángulos perfectos con patatas, judías, zanahorias y todo lo que pillaba. Un día decidió añadir guisantes para que nadie hiciera bromas con sus ensaladas cubistas de las que se hizo popular con el chascarrillo de que «las ensaladillas de la rusa son cuadradas como su cabeza».
Todo esto ocurrió en una época en la que un flamante ministro de turismo de origen gallego lo controlaba todo para dar una apertura un régimen fascista que iniciaba su declive superado por las nuevas consignas democráticas impulsadas por los EE.UU.
Así, el todopoderoso ministro supo del chascarrillo y quiso crear una fórmula culinaria que compitiera con la paella para que diera una alternativa vegetariana a los exigentes turistas nórdicos que veían en la paella una imagen de lo que ellos denominaban salvajada taurina.
La habilidad del ministro llegó al punto de que señaló que debía añadirse un poco mahonesa a la ensaladilla con patatas, por aquello de fomentar el turismo balear y atraer gentes desde de Alemania.
Mas allá de sus funciones en el Ministerio de Turismo, el ingenioso político demostró sus habilidades como embajador capaz de tender puentes hasta con el infierno, denominando el plato como «ensaladilla rusa», dándole categoría internacional para establecer lazos de amistad con el eje comunista para que España fuera lugar de intercambio de espías, jugoso negocio incipiente que generó toda un industria durante la guerra fría cuyo máximo exponente fue James Bond.
Así, la extensión de la ensaladilla rusa fue por decreto, según reza la Orden ministerial que dice «la ensaladilla rusa se incluirá en los menús de todos los restaurantes, hoteles, bares, tugurios y lugares donde puedan difundirse los valores de la raza española y del espíritu nacional que nos funde en una unidad de destino en lo universal». De María Flores «la rusa» nada más se supo, salvo de una referencia en «El Caso» en la que detallaba su fallecimiento por salmonelosis y un sobreempacho caníbal al zamparse a su marido, que la pegaba todos los días, troceado en cubos perfectos de un centímetro cúbico.
Evidentemente, con la llegada de la democracia y las reformas de los planes educativos de las hordas socialistas, comunistas y nacionalistas-separatistas, esta historia se ha transformado, para obviar la verdad, en la fantasía del infame cocinero Olivier, que no se sostiene pero que permite al Reino de España mantener buenas relaciones con el caudillo Putin, neozar de todas las Rusias
Fue así, digo.